Nuestra Señora de París

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Pero, cuando se pierde al hijo, esos cientos de imágenes de alegría, de encanto y de ternura que se agolpan en torno al zapatito se convierten en otras tantas cosas horribles. El bonito zapato bordado ya no es sino un instrumento de tortura que lacera eternamente el corazón de la madre. La fibra que vibra sigue siendo la misma, la fibra más profunda y sensible, pero en lugar de acariciarla un ángel, la pellizca un demonio.

Una mañana, mientras el sol de mayo se elevaba en uno de esos cielos azul oscuro en los que a Garofalo le gusta colocar sus Descendimientos, la reclusa de la Tour-Roland oyó ruido de ruedas, de caballos y de herrajes en la plaza de Grève. Aunque no se despertó del todo, se enrolló los cabellos sobre las orejas para no oír y se puso a contemplar de rodillas el objeto inanimado que adoraba desde hacía quince años. Aquel zapatito, ya lo hemos dicho, era para ella el universo. Su pensamiento estaba encerrado en él y no saldría de él hasta la muerte. Tan solo el oscuro sótano de la Tour-Roland ha sabido cuántas amargas imprecaciones, cuántos lamentos conmovedores, cuántas plegarias y cuántos sollozos había dirigido al cielo en relación con aquel encantador objeto de satén rosa. Jamás se ha derramado tanta desesperación sobre algo tan lindo y gracioso.

Aquella mañana parecía que su dolor escapaba todavía con más violencia que de costumbre, y desde fuera se la oía lamentarse con una voz alta y monótona que partía el corazón.


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