Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Hija mÃa! —decÃa—. ¡Hija mÃa! ¡Mi pobre y querida niña! ¿Será posible que no vuelva a verte? ¿Será posible que esto sea definitivo? ¡Sigue pareciéndome que ocurrió ayer! ¡Dios mÃo, Dios mÃo, para quitármela tan pronto, más habrÃa valido no habérmela dado! ¿No sabéis acaso que nuestros hijos permanecen unidos a nuestro vientre y que una madre que ha perdido a su hijo ya no cree en Dios…? ¡Ah, qué miserable soy por haber salido aquel dÃa…! ¡Señor! ¡Señor! Si me la quitasteis asÃ, es que nunca me habÃais mirado con ella, cuando la calentaba gozosa junto a la lumbre, cuando me sonreÃa mientras mamaba, cuando hacÃa subir sus piececitos por mi pecho hasta mis labios. ¡Si hubierais visto eso, Dios mÃo, os habrÃais compadecido de mi alegrÃa, no me habrÃais quitado el único amor que me quedaba en el corazón! ¿Acaso era una criatura tan miserable, Señor, para que no me mirarais siquiera antes de condenarme…? ¡Ay, ay! Aquà está el zapato, ¿dónde está el pie? ¿Dónde está el resto? ¿Dónde está la niña? ¡Hija mÃa, hija mÃa!, ¿qué han hecho contigo? Señor, devolvédmela. Me he desollado las rodillas rogándoos durante quince años, Dios mÃo, ¿no es suficiente? ¡Devolvédmela, un dÃa, una hora, un minuto, un minuto, Señor, y arrojadme después al infierno por la eternidad! ¡Oh, si supiera por dónde se arrastra una orilla de vuestra túnica, me agarrarÃa a ella con las manos y no tendrÃais más remedio que devolverme a mi hija! Su precioso zapatito, ¿es que no os compadecéis de mÃ, Señor? ¿Podéis condenar a una pobre madre a este suplicio durante quince años? ¡Virgen santa! ¡Virgen santa del cielo! ¡Me han quitado a mi niño Jesús, me lo han robado, se lo han comido en un brezal, se han bebido su sangre, han masticado sus huesos, Virgen santa, ten piedad de mÃ! ¡Mi hija! ¡Necesito a mi hija! ¡Qué me importa que esté en el paraÃso! ¡Yo no quiero a vuestro ángel, quiero a mi hija! Soy una leona, quiero a mi cachorro… ¡Oh! ¡Me retorceré por el suelo, y romperé la piedra con mi frente, y me condenaré, y os maldeciré, Señor, si os quedáis a mi hija! ¡Ya veis que tengo los brazos destrozados, Señor! ¿Es que Dios no tiene compasión…? ¡Oh, no me deis más que sal y pan negro, si tengo a mi hija y me calienta como un sol! ¡Ay, Señor Dios mÃo, no soy más que una vil pecadora, pero mi hija me hacÃa piadosa! Gracias a su amor me habÃa hecho religiosa, y os veÃa a través de su sonrisa como por una abertura del cielo… ¡Oh, haced que pueda solamente una vez, una vez más, una sola vez, calzar este zapato en su lindo piececito rosado y moriré, Virgen santa, bendiciéndoos…! ¡Ah, quince años! ¡Ahora serÃa mayor…! ¡Desdichada niña! ¡Entonces es verdad, no volveré a verla, ni siquiera en el cielo, porque yo no iré allÃ! ¡Oh, qué miseria! ¡Pensar que aquà está su zapato y que no hay nada más!