Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La desdichada mujer se había arrojado sobre el zapatito, su consuelo y su desesperación desde hacía tantos años, y sus entrañas se desgarraban en sollozos como el primer día. Porque, para una madre que ha perdido a su hijo, siempre es el primer día. Ese dolor no envejece. Por más que la ropa de luto se gaste y pierda el color, el corazón sigue estando negro.
En ese momento, unas frescas y alegres voces infantiles pasaron ante la celda. Siempre que unos niños llamaban la atención de su vista o su oído, la pobre madre se precipitaba al rincón más oscuro de su sepulcro, y se habría dicho que intentaba hundir la cabeza en la piedra para no oírlos. Esta vez, por el contrario, se irguió como sobresaltada y escuchó con avidez. Uno de los chiquillos acababa de decir:
—Es que hoy van a colgar a una egipcia.
Con el brusco movimiento de aquella araña que vimos abalanzarse sobre una mosca al notar que temblaba su tela, ella corrió hasta la lucera, que daba, como sabemos, a la plaza de Grève. En efecto, habían colocado una escalera junto al patíbulo permanente y el verdugo estaba poniendo a punto las cadenas oxidadas por la lluvia. Había algunos curiosos alrededor.