Nuestra Señora de París

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El risueño grupo de chiquillos estaba ya lejos. La Sachette buscó con la mirada a algún transeúnte al que pudiera preguntar. Justo al lado de su celda vio a un sacerdote que fingía leer en el breviario público, pero que estaba mucho menos interesado en él que en el patíbulo, hacia el que lanzaba de vez en cuando una sombría y esquiva ojeada.

—Padre, ¿a quién van a colgar? —preguntó.

El sacerdote la miró y no respondió. Ella repitió la pregunta.

—No lo sé —dijo él entonces.

—Había por aquí unos niños que decían que a una egipcia —insistió la reclusa.

—Creo que sí —dijo el sacerdote.

Entonces Paquette la Chantefleurie rompió a reír como una hiena.

—Hermana —dijo el arcediano—, ¿tanto odiáis a las egipcias?

—¿Que si las odio? —exclamó la reclusa—. ¡Son estriges! ¡Ladronas de niños! ¡Devoraron a mi pequeña! ¡A mi hija, mi única hija! ¡Ya no tengo corazón! ¡Ellas se lo comieron!

Daba miedo verla. El sacerdote la miraba fríamente.


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