Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Hay una a la que odio de manera especial y a la que he maldecido —continuó—. Es una joven, una que tiene la edad que tendrÃa mi hija si su madre no se la hubiera comido. ¡Cada vez que esa joven vÃbora pasa ante mi celda, me enciende la sangre!
—Pues bien, hermana, alegraos —dijo el sacerdote, glacial como la estatua de un sepulcro—, porque es a esa a la que vais a ver morir.
Agachó la cabeza hacia el pecho y se alejó lentamente.
La reclusa se retorció los brazos de contento.
—¡Se lo habÃa predicho! ¡Le habÃa predicho que subirÃa al patÃbulo! ¡Gracias, padre! —gritó.
Y se puso a caminar ante los barrotes de la lucera dando grandes zancadas, desmelenada, con los ojos encendidos, golpeando la pared con el aspecto feroz de una loba enjaulada que tiene hambre desde hace rato y siente que se acerca la hora de comer.