Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No es que la herida de Phoebus no hubiera sido grave, pero lo había sido menos de lo que el arcediano afirmaba. El maestro alfaquín, al que los soldados de la guardia lo habían llevado cuando lo encontraron, había temido durante ocho días por su vida y hasta se lo había dicho en latín. Sin embargo, la juventud se había impuesto; y, cosa que sucede con frecuencia, pese a pronósticos y diagnósticos, a la naturaleza le había divertido salvar al enfermo en las barbas del médico. Mientras todavía se hallaba en el camastro del maestro alfaquín, había sido sometido a los primeros interrogatorios por parte de Philippe Lheulier y de los investigadores del provisor, lo cual le había molestado sobremanera. Así pues, una buena mañana, sintiéndose mejor, había dejado sus espuelas de oro al farmacopola en pago por sus servicios y se había ido. Esto, por lo demás, no había supuesto ningún obstáculo para la instrucción del caso. La justicia de entonces se preocupaba muy poco de la claridad y la limpieza de un proceso criminal. Con tal de que el acusado fuera colgado, no pedía nada más. Y los jueces tenían bastantes pruebas contra Esmeralda. Habían creído a Phoebus muerto, y con eso ya estaba todo dicho.
Phoebus, por su parte, no había emprendido una gran huida. Simplemente se había incorporado a su compañía, acuartelada en Queue-en-Brie, en Île de France, a unas postas de París.