Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En fin de cuentas, no le resultaba nada grato comparecer personalmente en aquel proceso. Presentía vagamente que iba a hacer un papel ridículo. En el fondo, no sabía muy bien qué pensar de todo aquel asunto. Indevoto y supersticioso como todo soldado que no es más que soldado, cuando reflexionaba sobre aquella aventura le inquietaba la cabra, las singulares circunstancias en que había conocido a Esmeralda, la manera no menos extraña en que ella le había insinuado su amor, el hecho de que fuera egipcia y, por último, la aparición del monje errante. Entreveía en esa historia mucha más magia que amor, probablemente a una bruja, tal vez al diablo; una comedia, en definitiva, o, para decirlo en el lenguaje de entonces, un misterio muy desagradable en el que él representaba un papel muy ridículo, el del personaje que es objeto de los golpes y las burlas. Eso apesadumbraba al capitán, quien sentía esa especie de vergüenza que tan admirablemente ha definido La Fontaine:
Avergonzado como un zorro al que una gallina ha engañado.