Nuestra Señora de París

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Esperaba, por lo demás, que el asunto no se divulgara, que su nombre, hallándose él ausente, apenas sería pronunciado, y en cualquier caso, no se oiría fuera de la audiencia de la Tournelle. En eso no se equivocaba, pues no existía a la sazón Gaceta de los Tribunales y, como apenas pasaba una semana sin su falsificador de moneda hervido, su bruja ahorcada o su hereje quemado en una de las innumerables «justicias» de París, la gente estaba tan acostumbrada a ver en todos los cruces a la vieja Temis feudal haciendo su trabajo, arremangada, en las horcas, las escaleras y las picotas que casi no le prestaba atención. La buena sociedad de aquella época apenas sabía el nombre del reo que pasaba por la esquina; todo lo más, el populacho disfrutaba de ese plato vulgar. Una ejecución era un incidente habitual en la vía pública, como el apagador del panadero o el matadero del desollador. El verdugo no era más que una especie de carnicero un poco más oscuro que los otros.

Así pues, Phoebus tranquilizó bastante rápido su conciencia en relación con la hechicera Esmeralda, o Similar, como él decía, con la puñalada de la gitana o del monje errante (le tenía sin cuidado) y con el desenlace del proceso. Pero, en cuanto su corazón estuvo libre por ese lado, la imagen de Flor de Lis reapareció en su mente. El corazón del capitán Phoebus, como la física de entonces, sentía horror del vacío.


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