Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Era, además, enormemente insípida la estancia en Queue-en-Brie, un pueblo de herradores y de vaqueras de manos agrietadas, una larga hilera de casuchas y chozas que bordean ambos lados de la carretera a lo largo de media legua; en una palabra, una «cola».[117]
Flor de Lis era su penúltima pasión, una bonita joven, una atractiva dote. Así pues, una buena mañana, totalmente repuesto y suponiendo que, después de dos meses, el asunto de la gitana debía de estar resuelto y olvidado, el enamorado caballero llegó impaciente a la puerta de la mansión Gondelaurier.
No prestó atención a una turba bastante numerosa que se agolpaba en la plaza del Atrio, ante el pórtico de Notre-Dame; se acordó de que estaban en mayo, supuso que debía de haber una procesión o que se celebraba alguna fiesta, ató su caballo a la anilla de la entrada y subió alegremente a casa de su bella prometida.
La encontró sola con su madre.