Nuestra Señora de París

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Flor de Lis tenía aún clavada en el corazón la espina de la escena de la bruja, su cabra, su maldito alfabeto y las largas ausencias de Phoebus. Sin embargo, cuando vio entrar a su capitán, le encontró tan buen aspecto, con su casaca nueva y su tahalí reluciente, y un aire tan apasionado que se ruborizó de placer. La noble damisela estaba también más encantadora que nunca. Sus magníficos cabellos rubios estaban trenzados de un modo arrebatador, iba totalmente vestida de ese azul celeste que tan bien sienta a las mujeres de piel blanca, coquetería que le había enseñado Colombe, y tenía los ojos bañados en esa languidez amorosa que las favorece todavía más.

Phoebus, que llevaba tiempo sin haber visto otra cosa en materia de belleza que las mozas de Queue-en-Brie, se quedó deslumbrado por Flor de Lis, lo que dio a nuestro oficial unas maneras tan solícitas y galantes que enseguida hicieron las paces. La propia señora de Gondelaurier, siempre maternalmente sentada en su gran sillón, no se sintió capaz de regañarlo. En cuanto a los reproches de Flor de Lis, acabaron en tiernos arrullos.

La muchacha estaba junto a la ventana, bordando su interminable gruta de Neptuno. El capitán permanecía apoyado en el respaldo de su silla y ella le dirigía a media voz sus acariciadoras reprimendas.

—¿Qué ha sido de vos durante dos meses largos, malvado?


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