Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Os juro —decÃa Phoebus, un tanto incómodo por la pregunta— que sois tan bella que harÃais soñar a un arzobispo.
Ella no podÃa evitar sonreÃr.
—Bueno, bueno, señor mÃo, dejad a un lado mi belleza y respondedme. ¡Pues sà que me sirve de mucho tanta belleza!
—Pues bien, querida prima, he estado acuartelado.
—¿Y dónde, si no os importa decÃrmelo? ¿Y por qué no vinisteis a despediros?
—En Queue-en-Brie.
Phoebus estaba encantado de que la primera pregunta lo ayudara a esquivar la segunda.
—¡Pero si está muy cerca! ¿Cómo es que no habéis venido a verme ni una sola vez?
AquÃ, Phoebus se vio en un serio aprieto.
—Es que… el servicio… Además, encantadora prima, he estado enfermo.
—¡Enfermo! —exclamó ella, asustada.
—SÃ… herido.
—¡Herido!
La pobre criatura estaba consternada.