Nuestra Señora de París

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—¡Oh! No os alarméis —dijo despreocupadamente Phoebus—, no fue nada. Una pelea, una estocada…, en fin, ¿qué interés puede tener eso para vos?

—¿Que qué interés puede tener para mí? —exclamó Flor de Lis, alzando sus bellos ojos llenos de lágrimas—. ¡Oh, no decís lo que pensáis! Contadme lo de la estocada. Quiero saberlo todo.

—Veréis, querida, tuve problemas con Mahé Fédy, el teniente de Saint-Germain-en-Laye, y nos descosimos unas pulgadas de piel cada uno. Eso es todo.

El mentiroso capitán sabía muy bien que un lance de honor siempre da realce a un hombre ante los ojos de una mujer. En efecto, Flor de Lis lo miraba a la cara totalmente embargada de miedo, de amor y de admiración. Sin embargo, no se había quedado tranquila del todo.

—¡Ojalá estéis totalmente repuesto, Phoebus! —dijo—. No conozco a ese Mahé Fédy, pero es un mal hombre. ¿Y cuál fue el motivo de la pelea?

Phoebus, cuya imaginaciĂłn no era sino medianamente creativa, empezĂł a no saber cĂłmo salir del embrollo.

—¡Oh, qué sé yo…! Una nimiedad, un caballo, unas palabras… Bella prima, ¿qué es ese ruido que se oye en el Atrio? —dijo para cambiar de conversación, acercándose a la ventana—. ¡Dios mío! ¡Bella prima, hay muchísima gente en la plaza!

—No sé —dijo Flor de Lis—, al parecer una bruja va a retractarse públicamente esta mañana ante la iglesia para ser colgada después.


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