Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Eh! ¡Mahiet Baliffre! ¿Van a colgarla aquÃ?
—¡Imbécil! ¡Aquà es la retractación pública en camisa! ¡Dios va a escupirle unos latinajos a la cara! Eso se hace siempre aquÃ, a mediodÃa. Si lo que quieres es ver ahorcar, vete a la Grève.
—Iré luego.
—Oye, Boucandry, ¿es verdad que no ha querido un confesor?
—Eso parece, Bechaigne.
—¡Qué desfachatez, la pagana!
—Es la costumbre, señor. El baile del palacio tiene que entregar al malhechor ya juzgado para la ejecución, si es un laico, al preboste de ParÃs, y si es un clérigo, al provisor del obispado.
—Gracias, señor.
—¡Oh, Dios mÃo! —decÃa Flor de Lis—. ¡Pobre criatura!
Este pensamiento llenaba de dolor la mirada que paseaba por el populacho. El capitán, mucho más pendiente de ella que de aquella chusma, ceñÃa amorosamente su cintura por detrás. Ella se volvió, suplicante y sonriente.
—¡Por favor, Phoebus, dejadme! ¡Si mi madre volviera, verÃa vuestra mano!