Nuestra Señora de París

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La plaza del Atrio de Notre-Dame, a la que, como sabemos, daba el balcón, ofrecía en ese momento un espectáculo siniestro y singular que hizo cambiar bruscamente la naturaleza del miedo de la tímida Flor de Lis.

Una inmensa muchedumbre, que llenaba también todas las calles adyacentes, abarrotaba la plaza propiamente dicha. La muralla baja que rodeaba el Atrio habría sido insuficiente para mantenerla libre si no hubiera sido reforzada por una hilera compacta de soldados de los doscientos veinte y de arcabuceros, armados con culebrinas de mano. Gracias a ese bosque de picas y arcabuces, el Atrio estaba vacío. La entrada estaba protegida por numerosos alabarderos con las armas del obispo. Las anchas puertas de la iglesia estaban cerradas, lo que contrastaba con las innumerables ventanas de la plaza, las cuales, abiertas todas ellas, dejaban ver miles de cabezas amontonadas más o menos como las balas de cañón en un parque de artillería.

La superficie de aquella turba era gris, sucia y terrosa. El espectáculo que esperaba era, evidentemente, de esos que tienen el privilegio de sacar a la luz del día aquello que hay de más inmundo en la población. Nada más repulsivo que el ruido que escapaba de aquel hormigueo de gorros amarillentos y cabelleras sórdidas. En aquella multitud había más risas que gritos, más mujeres que hombres.

De vez en cuando, una voz agria y vibrante atravesaba el rumor general.


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