Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Mientras, la buena madre, encantada de ver a los prometidos en tan perfecta armonÃa, habÃa salido de la estancia para ocuparse de algún detalle doméstico. Phoebus se dio cuenta, y esa soledad envalentonó de tal modo al intrépido capitán que le subieron al cerebro unas ideas muy extrañas. Flor de Lis lo amaba, él era su prometido, ella estaba sola con él, su antigua atracción por ella habÃa despertado de nuevo, no con toda su frescura, pero sà con todo su ardor, y después de todo, no es un gran crimen comer un poco del trigo propio aunque todavÃa esté verde. No sé si estos pensamientos pasaron por su mente, pero lo que sà es cierto es que Flor de Lis se asustó de pronto por la expresión de su mirada. Miró a su alrededor y no vio a su madre.
—¡Dios mÃo! —dijo, colorada e inquieta—. ¡Qué calor tengo!
—Sà —dijo Phoebus—, creo que ya es casi mediodÃa. El sol molesta. Más vale que corramos las cortinas.
—No, no —dijo la pobre muchacha—, al contrario, necesito aire.
Y como una cierva que siente el aliento de la jaurÃa, se levantó, corrió hacia la ventana, la abrió y salió al balcón.
Phoebus, bastante contrariado, la siguió.