Nuestra Señora de París

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Los dos enamorados no escuchaban a la respetable viuda. Phoebus había vuelto a apoyarse en el respaldo de la silla de su prometida, lugar privilegiado desde el que su mirada libertina penetraba en todas las aberturas de la gola de Flor de Lis. La gola en cuestión se entreabría tan oportunamente, le dejaba ver tantas cosas exquisitas y le permitía adivinar tantas otras que Phoebus, deslumbrado por aquella piel con reflejos satinados, se decía para sus adentros: «¿Cómo se puede amar a una mujer que no tenga la tez blanca?».

Los dos guardaban silencio. La joven alzaba de vez en cuando hacia él unos ojos embelesados y dulces, y sus cabellos se mezclaban con un rayo de sol de primavera.

—Phoebus —dijo de pronto Flor de Lis en voz baja—, vamos a casarnos dentro de tres meses, juradme que jamás habéis amado a otra mujer.

—¡Os lo juro, ángel mío! —respondió Phoebus, y su mirada apasionada acompañaba estas palabras para convencer a Flor de Lis de su sinceridad. Quizá hasta se creía a sí mismo en ese momento.



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