Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Oh, Jesús Dios mÃo! —dijo la madre—. Hay tantos brujos ahora que yo creo que los queman sin saber siquiera su nombre. SerÃa tanto como querer saber el nombre de todas las nubes del cielo. Después de todo, podemos estar tranquilos. Dios lleva su registro. —La venerable dama se levantó y se acercó a la ventana—. ¡Señor! —dijo—. Tenéis razón, Phoebus. ¡Qué cantidad de populacho! ¡Hay gente por todas partes, bendito sea Dios, hasta en los tejados…! ¿Sabéis, Phoebus?, esto me recuerda mis tiempos. La entrada del rey Carlos VII, que congregó también a muchÃsima gente… No recuerdo en qué año fue… Cuando os hablo de estas cosas, tenéis sensación de vejez, ¿verdad?, y yo, en cambio, de juventud… ¡Ah, pero era un pueblo mucho mejor que el de ahora! HabÃa gente hasta en los matacanes de la puerta Saint-Antoine. El rey llevaba a la reina a la grupa de su caballo, y tras sus altezas iban todas las damas a la grupa con los señores. Recuerdo que nos reÃamos mucho porque al lado de Amanyon de Garlande, que era muy bajito, iba el señor de Matefelon, un caballero de estatura gigantesca que habÃa matado ingleses a montones. Era muy bonito. Un desfile de todos los hidalgos de Francia con sus oriflamas resplandecientes. Estaban los de pendón y los de bandera. ¡Qué sé yo! El señor de Calan, con pendón; Jean de Châteaumorant, con bandera; el señor de Coucy, con bandera, y más pompa que ningún otro, salvo el duque de Borbón… ¡Ay! ¡Qué triste es pensar que todo eso ha existido y que ya no queda nada!