Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En ese momento dieron lentamente las doce en el reloj de Notre-Dame. Un murmullo de satisfacción estalló entre la multitud. Apenas se había extinguido la última vibración de la decimosegunda campanada cuando todas las cabezas se movieron como olas azotadas por el viento y un inmenso clamor se elevó desde el suelo, las ventanas y los tejados:
—¡Ahí está!
Flor de Lis se tapó los ojos con las manos para no ver.
—Encantadora criatura —le dijo Phoebus—, ¿queréis entrar?
—No —respondió ella, y los ojos que acababa de cerrar por miedo volvió a abrirlos por curiosidad.
Una carreta tirada por un robusto caballo normando y completamente rodeada de jinetes que vestían librea morada con cruces blancas acababa de desembocar en la plaza por la calle Saint-Pierre-aux-Boeufs. Los soldados de la guardia le abrían paso entre la gente a golpe de boullaye. Junto a la carreta iban algunos oficiales de justicia y de policía, reconocibles por sus ropas negras y su torpe manera de montar a caballo. Maese Jacques Charmolue desfilaba en cabeza.