Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En el fatal vehículo iba sentada una muchacha con los brazos atados tras la espalda y sin la compañía de un sacerdote. Iba en camisa, y sus largos cabellos negros (la costumbre de entonces era no cortarlos hasta llegar al pie del cadalso) caían sobre su pecho y sus hombros medio descubiertos.
A través de la ondulante cabellera, más brillante que el plumaje de un cuervo, se veía retorcerse y anudarse una gruesa cuerda gris y rugosa que desollaba sus frágiles clavículas y se enrollaba en torno al encantador cuello de la pobre muchacha como un gusano en una flor. Bajo la cuerda brillaba un pequeño amuleto adornado con cuentas verdes que sin duda le habían dejado porque a los que van a morir ya no se les niega nada. Los espectadores asomados a las ventanas podían ver al fondo de la carreta sus piernas desnudas, que ella intentaba ocultar bajo su cuerpo movida por un último instinto femenino. A sus pies había una cabrita atada. La condenada sujetaba con los dientes la camisa mal abrochada. Se diría que sufría más aún, si cabe, por verse expuesta medio desnuda a la mirada de todos. ¡Ay!, no está hecho el pudor para semejantes trances.
—¡Jesús! —exclamó vivamente Flor de Lis—. ¡Mirad, querido primo! ¡Es aquella horrible gitana de la cabra!
Al decir esto, se volvió hacia Phoebus. Este tenía los ojos clavados en la carreta y estaba muy pálido.