Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No tuvo más remedio el desventurado capitán que permanecer allí. Lo que lo tranquilizaba un poco era que la condenada no apartaba la vista del suelo de la carreta. Porque se trataba sin ningún género de dudas de Esmeralda. En este último escalón del oprobio y la desgracia seguía estando guapa, sus grandes ojos negros parecían todavía más grandes a causa de la depauperación de sus mejillas, su perfil lívido era puro y sublime. Se parecía a lo que había sido como una Virgen de Masaccio se parece a una Virgen de Rafael: más débil, más delgada, más demacrada.
Por lo demás, no había nada en ella que no se tambaleara de uno u otro modo y que, salvo su pudor, no dejara en manos del azar, tan profundamente la habían resquebrajado el estupor y la desesperación. Los tumbos que daba la carreta hacían rebotar su cuerpo como si fuese una cosa muerta o rota. Su mirada estaba apagada y extraviada. Se veía aún una lágrima en sus ojos, pero inmóvil y, por así decirlo, congelada.
La lúgubre cabalgata había atravesado ya la multitud en medio de los gritos de alegría y de las muestras de curiosidad. Preciso es decir, sin embargo, para ser fiel historiador, que, viéndola tan bella y tan abatida, muchos, y de los más duros, habían sentido compasión.
La carreta había entrado en el Atrio.