Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Delante del pórtico central, se detuvo. La escolta formó a ambos lados. La multitud calló y, en medio de aquel silencio lleno de solemnidad y de ansiedad, los dos batientes de la gran puerta, como si se abrieran solos, giraron sobre sus goznes, que chirriaron con un sonido de pífano. Entonces se vio en toda su longitud la profunda iglesia sombría, vestida de luto, apenas iluminada por unos cirios que chispeaban a lo lejos sobre el altar mayor, abierta como la boca de una caverna en medio de la plaza deslumbrante de luz. Al fondo de todo, en la oscuridad del ábside, se entreveía una gigantesca cruz de plata sobre un paño negro que caía desde la bóveda hasta el suelo. La nave estaba completamente desierta. Sin embargo, se veían moverse confusamente algunas cabezas de sacerdotes en los asientos lejanos del coro, y en el momento en que la gran puerta se abrió, surgió de la iglesia un canto grave, sonoro y monótono, que lanzaba como a bocanadas fragmentos de salmos lúgubres sobre la cabeza de la condenada:
… Non timebo millia populi circumdantis me. Exsurge, Domine; salvum me fac, Deus.
… Salvum me fac, Deus, quoniam intraverunt aquae usque ad animam meam.
… Infixus sum in limo profundi; et non est substantia.[118]
Al mismo tiempo, otra voz, aislada del coro, entonaba sobre la grada del altar mayor este melancólico ofertorio: