Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Qui verbum meum audit, et credit ei qui misit me, habet vitam aeternam et in judicium non venit; sed transit a morte in vitam.[119]
Este canto que unos ancianos perdidos en las tinieblas derramaban desde lejos sobre aquella hermosa criatura, llena de juventud y de vida, acariciada por el aire tibio de la primavera, inundada de sol, era la misa de difuntos.
El pueblo escuchaba con recogimiento.
La infeliz, asustada, parecía perder la mirada y el pensamiento en las oscuras entrañas de la iglesia. Sus labios blancos se movían como si rezaran, y cuando el ayudante del verdugo se acercó a ella para ayudarla a bajar de la carreta, oyó que repetía en voz baja esta palabra: «Phoebus».
Le desataron las manos y la hicieron bajar acompañada de su cabra —a la que también habían desatado y que balaba por la alegría de sentirse libre— y caminar descalza por el duro empedrado hasta el pie de la escalera del pórtico. La cuerda que llevaba al cuello arrastraba por el suelo detrás de ella; parecía una serpiente que la seguía.