Nuestra Señora de París

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Entonces se interrumpió el canto en la iglesia. Una gran cruz de oro y una hilera de cirios se pusieron en movimiento en la oscuridad. Se oyeron sonar las alabardas de los abigarrados suizos y, un momento después, una larga procesión de sacerdotes con casulla y de diáconos con dalmática que avanzaba gravemente hacia la condenada, salmodiando, apareció ante sus ojos y ante los ojos de la multitud. Pero su mirada se detuvo en el que caminaba en cabeza, inmediatamente detrás del crucero.

—¡Oh! —exclamó muy bajo, estremeciéndose—. ¡Otra vez él! ¡El sacerdote!

Era, en efecto, el arcediano. A su izquierda iba el sochantre y a su derecha el chantre, portando el bastón propio de su cargo. Avanzaba mirando hacia arriba y cantando con voz potente:

De ventre inferi clamavi, et exaudisti vocem meam, et projecisti me in profundum in corde maris, et flumen circumdedit me.[120]

En el momento en que apareció a la luz del día bajo el alto pórtico ojival, envuelto en una amplia capa plateada con una cruz negra, estaba tan pálido que entre la multitud más de uno pensó que era uno de los obispos de mármol arrodillados sobre las lápidas sepulcrales del coro, que se había levantado y se disponía a recibir en el umbral de la tumba a la que iba a morir.


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