Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Ella, no menos pálida ni menos estatua, apenas se había dado cuenta de que le habían puesto en la mano un pesado cirio de cera amarilla encendido; no había oído la voz chillona del escribano leyendo el fatal texto de la retractación pública. Cuando le habían pedido que dijeraAmen, había respondido Amen. Fue preciso, para devolverle un poco de vida y un poco de fuerza, que viera al sacerdote indicar a sus guardianes que se alejaran y avanzar solo hacia ella.
Entonces notó que la sangre le hervía en la cabeza, y un resto de indignación se encendió en aquella alma ya entumecida y fría.
El arcediano se aproximó a ella lentamente. Incluso en aquella situación extrema, ella le vio pasear sobre su desnudez una mirada centelleante de lujuria, celos y deseo. Después le dijo en voz alta:
—Muchacha, ¿habéis pedido perdón a Dios por vuestras faltas y vuestras transgresiones? —Se acercó a su oído y añadió (los espectadores creían que estaba recibiendo su última confesión)—: ¿Quieres ser mía? ¡Todavía puedo salvarte!
Ella lo miró fijamente:
—¡Vete, demonio, o te denuncio!
Él desplegó una sonrisa horrible.