Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —No te creerán. No harÃas más que añadir un nuevo escándalo a tu crimen. Responde, rápido. ¿Quieres ser mÃa?
—¿Qué has hecho con mi Phoebus?
—Está muerto —dijo el sacerdote.
En ese momento el miserable arcediano levantó la cabeza maquinalmente y vio en el otro lado de la plaza, en el balcón de la mansión Gondelaurier, al capitán de pie junto a Flor de Lis. Vaciló, se pasó una mano por los ojos, volvió a mirar, murmuró una maldición y todas sus facciones se contrajeron violentamente.
—¡Muy bien, muere tú también! —dijo entre dientes—. Nadie te tendrá.
Entonces, levantando la mano sobre la egipcia, dijo con voz fúnebre:
—I nunc, anima anceps, et sit tibi Deus misericors.[121]
Era la temible fórmula con la que se acostumbraba a cerrar estas sombrÃas ceremonias. Era la señal convenida que le hacÃa el sacerdote al verdugo.
El pueblo se arrodilló.
—Kyrie eleison[122] —dijeron los sacerdotes que habÃan permanecido bajo la ojiva del pórtico.
—Kyrie eleison —repitió la multitud con ese murmullo que corre sobre todas las cabezas como el chapoteo de un mar agitado.