Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Amen —dijo el arcediano.
Le volvió la espalda a la condenada, inclinó la cabeza sobre el pecho, cruzó las manos, se reunió con el resto del cortejo y un momento después lo vieron desaparecer, junto con la cruz, los cirios y las capas, bajo los arcos brumosos de la catedral. Su voz sonora se perdió gradualmente en el coro cantando este versÃculo de desesperación: … Omnes gurgites tui et fluctus tui super me transierunt.[123]
Al mismo tiempo, los golpes intermitentes de las alabardas de los suizos muriendo poco a poco bajo los intercolumnios de la nave producÃan el efecto del martilleo de un reloj anunciando la última hora de la condenada.
Entre tanto, las puertas de Notre-Dame habÃan permanecido abiertas, dejando ver la iglesia vacÃa, desolada, de luto, sin cirios y sin voces.
La condenada seguÃa inmóvil en su sitio, esperando que dispusiesen de ella. Uno de los alguaciles de vara tuvo que avisar a maese Charmolue, quien, durante toda esta escena, habÃa estado estudiando el bajorrelieve del gran pórtico que representa, según unos, el sacrificio de Abraham, y según otros, la operación filosofal, siendo el sol el ángel, el fuego la leña y el artesano Abraham.