Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Costó bastante arrancarlo de esta contemplación, pero por fin se volvió e hizo una señal. Dos hombres vestidos de amarillo, los ayudantes del verdugo, se acercaron entonces a la egipcia para atarle las manos.
En el momento de subir de nuevo a la carreta fatal para encaminarse hacia su última estación, la desventurada se sintió asaltada quizá por una desgarradora añoranza de la vida. Levantó sus ojos rojos y secos hacia el cielo, hacia el sol, hacia las nubes de plata tapadas aquí y allá por trapecios y triángulos azules y a continuación los bajó hacia la tierra y miró a su alrededor, la gente, las casas… De repente, mientras el hombre de amarillo le ataba los brazos, profirió un grito terrible, un grito de alegría. En aquel balcón, allá, en la esquina de la plaza, acababa de verlo, a él, a su amigo, a su señor, a Phoebus, la otra aparición de su vida.
¡El juez había mentido! ¡El sacerdote había mentido! ¡Era él, no podía dudarlo, estaba allí, apuesto, vivo, con su deslumbrante uniforme, la pluma en la cabeza, la espada en el costado!
—¡Phoebus! —gritó—. ¡Mi Phoebus!
Quiso tender hacia él sus brazos temblorosos de amor y de felicidad, pero estaban atados.