Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Nadie había descubierto aún, en la galería de las estatuas de los reyes, esculpidas justo encima de las ojivas del pórtico, a un extraño espectador que hasta ese momento lo había observado todo con tal impasibilidad, con el cuello tan estirado, con un rostro tan deforme que, de no ser por su vestimenta roja y morada, se le habría podido tomar por uno de esos monstruos de piedra por cuya boca desaguan desde hace seiscientos años los largos canalones de la catedral. Aquel espectador no se había perdido ni un detalle de lo que había acontecido desde las doce ante el pórtico de Notre-Dame. Y desde el principio, sin que a nadie se le hubiera ocurrido observarlo, había atado fuertemente a una de las columnillas de la galería una gruesa cuerda de nudos cuyo extremo llegaba a la escalinata. Hecho esto, se había puesto a mirar tranquilamente, y a silbar cuando un mirlo pasaba por delante de él.