Nuestra Señora de París

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De pronto, en el momento en que los ayudantes del verdugo se disponían a ejecutar la flemática orden de Charmolue, saltó al otro lado de la balaustrada de la galería, cogió la cuerda con los pies, las rodillas y las manos, y a continuación lo vieron deslizarse por la fachada como una gota de lluvia que resbala por un cristal, acercarse a los dos verdugos a la velocidad de un gato al caer de un tejado, derribarlos con sus enormes puños, coger a la egipcia con una mano, como una niña a su muñeca, y llegar de un tirón hasta la iglesia, levantando a la joven por encima de su cabeza y gritando con una voz formidable:

—¡Asilo!

Esto fue realizado con tal rapidez que, si hubiera sido de noche, habría podido verse toda la escena a la luz de un solo relámpago.

—¡Asilo! ¡Asilo! —repitió la muchedumbre, y diez mil aplausos hicieron refulgir de alegría y de orgullo el único ojo de Quasimodo.

El zarandeo hizo volver en sí a la condenada. La joven abrió los ojos, miró a Quasimodo y volvió a cerrarlos súbitamente, como espantada de su salvador.

Charmolue se quedó estupefacto, y los verdugos, y toda la escolta. En el recinto de Notre-Dame, la condenada era, en efecto, inviolable. La catedral era un lugar de refugio. La justicia humana en todas sus modalidades acababa en el umbral.


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