Nuestra Señora de París

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Quasimodo se había detenido bajo el gran pórtico. Sus anchos pies parecían tan sólidos sobre el suelo de la iglesia como los pesados pilares románicos. Su enorme cabeza peluda se hundía en sus hombros como la de los leones, que también tienen melena y no cuello. Sujetaba con sus manos callosas a la muchacha, que colgaba, palpitante, como un paño blanco, pero la llevaba con tanta precaución que parecía tener miedo de romperla o de estropearla. Se habría dicho que intuía que era algo delicado, exquisito y precioso, hecho para unas manos distintas de las suyas. Había momentos en que daba la impresión de que no se atrevía a tocarla, ni siquiera con el aliento. Luego, de repente, la estrechaba entre sus brazos, contra su pecho anguloso, como si fuera su bien, su tesoro, como habría hecho la madre de aquella criatura; su ojo de gnomo, dirigido hacia ella, la inundaba de ternura, de dolor y de compasión, para después apartarse súbitamente lleno de destellos. Las mujeres, viéndolo, reían y lloraban, la multitud estaba entusiasmada, pues en aquel momento Quasimodo presentaba realmente una belleza propia. Era hermoso, él, ese huérfano, ese niño abandonado, ese desecho, se sentía augusto y fuerte, miraba a la cara a esa sociedad de la que se hallaba desterrado y en la que estaba interviniendo tan poderosamente, a esa justicia humana a la que le había arrebatado su presa, a todos esos tigres obligados a masticar con la boca vacía, a esos esbirros, a esos jueces, a esos verdugos, a toda esa fuerza del rey que acababa de vencer, él, ínfima criatura, con la fuerza de Dios.


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