Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Además, era conmovedora esa protección otorgada por un ser tan deforme a un ser tan desdichado, era conmovedor ver a una condenada a muerte salvada por Quasimodo. Eran las dos miserias extremas de la naturaleza y de la sociedad que se encontraban y se ayudaban mutuamente.
Sin embargo, tras unos minutos de triunfo, Quasimodo se había adentrado bruscamente en la iglesia con su fardo. El pueblo, amante de toda proeza, lo buscaba con los ojos en la oscura nave, lamentando que hubiera huido tan deprisa de sus aclamaciones. De pronto lo vieron aparecer en uno de los extremos de la galería de los reyes de Francia. La atravesó corriendo como un demente, levantando su conquista con los brazos y gritando:
—¡Asilo!
La multitud estalló de nuevo en aplausos. Una vez que hubo recorrido la galería, volvió a meterse en el interior de la iglesia. Al cabo de un momento reapareció en la plataforma superior, todavía con la egipcia en brazos, todavía corriendo como un loco y todavía gritando:
—¡Asilo!
La muchedumbre no paraba de aplaudir. Finalmente, hizo una tercera reaparición en la cima del campanario; desde allí pareció mostrar con orgullo a toda la ciudad a la que había salvado, y su voz atronadora, esa voz que tan raramente se dejaba oír y que él no oía nunca, repitió tres veces con frenesí hasta las nubes: