Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Claude Frollo ya no estaba en Notre-Dame cuando su hijo adoptivo cortó tan bruscamente el nudo fatal con el que el desgraciado arcediano habÃa atado a la egipcia y se habÃa atado a sà mismo. Al entrar en la sacristÃa, se habÃa quitado el alba, la capa y la estola, lo habÃa dejado todo de malos modos en manos de un atónito sacristán, habÃa salido por la puerta secreta del claustro, habÃa ordenado a un barquero del Terrain que lo llevara a la orilla izquierda del Sena y se habÃa internado en las empinadas calles de la Universidad sin saber adónde iba, encontrando a cada paso grupos de hombres y mujeres que se dirigÃan presurosos y alegres hacia el puente Saint-Michel con la esperanza de «llegar a tiempo» de ver ahorcar a la bruja, pálido, extraviado, más confuso, más ciego y más hosco que un ave nocturna liberada y perseguida por una pandilla de chiquillos en pleno dÃa. No sabÃa dónde se encontraba, lo que pensaba, si estaba soñando. Avanzaba, caminaba, corrÃa tomando cualquier calle al azar, sin escogerla, simplemente empujado hacia delante por la Grève, por la horrible Grève que el sacerdote sentÃa confusamente a su espalda.