Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Atravesó así la montaña de Sainte-Geneviève y finalmente salió de la ciudad por la puerta Saint-Victor. Continuó huyendo mientras pudo ver, mirando atrás, el recinto de torres de la Universidad y las contadas casas del arrabal; pero cuando por fin una elevación del terreno le hubo hurtado por completo a la vista ese odioso París, cuando pudo creer que se encontraba a cien leguas de él, en el campo, en un desierto, se detuvo, y le pareció que respiraba.
Entonces unas ideas horribles se agolparon en su mente. Vio claro en su alma y se estremeció. Pensó en aquella desventurada muchacha que lo había llevado a la perdición y a quien él, a su vez, había llevado a la perdición también. Paseó una mirada huraña por la doble vía tortuosa que la fatalidad había hecho seguir a sus dos destinos, hasta el punto de intersección en que los había hecho chocar despiadadamente uno contra otro. Pensó en lo absurdo de los votos eternos, en la vanidad de la castidad, de la ciencia, de la religión, de la virtud, en la inutilidad de Dios. Se sumergió con deleite en sus malos pensamientos y, a medida que se sumergía más y más en ellos, sentía estallar en su interior una risa satánica.