Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Y ahondando asà en su alma, al ver qué amplio espacio la naturaleza habÃa reservado en ella a las pasiones, rió más amargamente todavÃa. Removió en el fondo de su corazón todo su odio, toda su maldad, y reconoció, con la frÃa mirada de un médico que examina a un enfermo, que ese odio, que esa maldad no eran sino amor viciado, que el amor, ese manantial de toda virtud en el hombre, se transformaba en cosas horribles en el corazón de un sacerdote, y que un hombre constituido como él, haciéndose sacerdote, se convertÃa en demonio. Entonces rió de un modo atroz, y de repente se quedó pálido al considerar el aspecto más siniestro de su fatal pasión, de ese amor corrosivo, venenoso, rencoroso, implacable, que habÃa desembocado en el patÃbulo para la una y en el infierno para el otro; ella condenada por la justicia humana, él condenado por la justicia divina.
Luego volvió a reÃr al pensar que Phoebus estaba vivo; que después de todo el capitán vivÃa, estaba alegre y contento, tenÃa casacas más bonitas que nunca y una nueva amante a la que llevaba a ver ahorcar a la anterior. Sus carcajadas se hicieron más sonoras cuando cayó en la cuenta de que, de los seres vivos a los que habÃa deseado la muerte, la egipcia, la única criatura a la que no odiaba, era la única que no se habÃa salvado de ella.