Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Del capitán, su pensamiento pasó al pueblo, y sintió unos celos de una especie desconocida. Pensó que también el pueblo, todo el pueblo había tenido ante sus ojos a la mujer que él amaba, en camisa, casi desnuda. Se retorció los brazos pensando que aquella mujer, cuyas formas entrevistas en la penumbra solo por él le habrían proporcionado la felicidad suprema, había sido entregada en pleno día, a las doce de la mañana, a todo un pueblo, vestida como para una noche de voluptuosidad. Lloró de rabia por todos esos misterios de amor profanados, manchados, desnudados, marchitados para siempre. Lloró de rabia imaginando cuántas miradas inmundas habrían sacado provecho de aquella camisa mal abrochada; y que aquella bella muchacha, aquella azucena virgen, aquella copa de pudor y delicias a la que solo se habría atrevido a acercar los labios temblando, acababa de ser transformada en una especie de escudilla pública en la que la chusma más vil de París, los ladrones, los mendigos, los lacayos, habían ido a beber en común un placer desvergonzado, impuro y depravado.






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