Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Y cuando intentaba hacerse una idea de la felicidad que habría podido encontrar en la tierra si ella no hubiera sido gitana y él no hubiera sido sacerdote, si Phoebus no hubiera existido y ella lo hubiera amado, cuando imaginaba que una vida de serenidad y de amor habría sido posible también para él, que en aquellos momentos había desperdigadas por la tierra parejas felices, perdidas en largas charlas bajo los naranjos, a orillas de los arroyos, en presencia de una puesta de sol o de una noche estrellada, y que, si Dios hubiera querido, habría podido formar con ella una de esas parejas benditas, su corazón se fundía en ternura y desesperación.
¡Oh, ella! ¡Es ella! Esta era la idea fija que volvía sin cesar, que lo torturaba, que le corroía el cerebro y le desgarraba las entrañas. No lo lamentaba, no se arrepentía; todo lo que había hecho, estaba dispuesto a hacerlo de nuevo. Prefería verla en manos del verdugo que en brazos del capitán, pero sufría; sufría tanto que a veces se arrancaba puñados de cabellos para ver si se le estaban poniendo blancos.
Hubo un momento en que se le ocurrió que quizá era justo aquel el minuto en que la horrible cadena que había visto por la mañana estrechaba su nudo de hierro alrededor de ese cuello tan frágil y gracioso. Ese pensamiento le hizo sudar por todos los poros.