Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Hubo otro momento en que, riendo diabólicamente, se representó a la vez a la Esmeralda que había visto el primer día, vivaz, despreocupada, alegre, engalanada, danzante, alada, armoniosa, y a la Esmeralda del último día, en camisa y con la cuerda al cuello, subiendo lentamente, descalza, la escalera angulosa del patíbulo; imaginó este doble cuadro de tal manera que profirió un grito terrible.
Mientras ese huracán de desesperación sacudía, rompía, curvaba, arrastraba, arrancaba de raíz todo en su alma, miró la naturaleza a su alrededor. A sus pies, unas gallinas rebuscaban entre la maleza picoteando, los relucientes escarabajos corrían al sol, por encima de su cabeza unos cúmulos de nubes grisáceas se alejaban por un cielo azul, en el horizonte la flecha de la abadía de Saint-Victor atravesaba la curva del collado con su obelisco de pizarra, y el molinero de la colina Copeaux miraba girar silbando las trabajadoras aspas de su molino. Toda aquella vida activa, organizada, tranquila, reproducida a su alrededor de mil formas distintas, le hizo daño. Empezó de nuevo a huir.