Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Corrió campo a través hasta el atardecer. Aquella huida de la naturaleza, de la vida, de sà mismo, del hombre, de Dios, de todo, se prolongó el dÃa entero. Unas veces se tiraba al suelo de bruces y arrancaba con las uñas las espigas tiernas de trigo. Otras veces se detenÃa en la calle desierta de un pueblo y sus pensamientos le resultaban tan insoportables que se cogÃa la cabeza con las dos manos y trataba de arrancársela de los hombros para romperla en el suelo.
Hacia la hora en que el sol declinaba, se examinó de nuevo y se encontró casi loco. La tormenta desencadenada en él desde el instante en que habÃa perdido la esperanza y la voluntad de salvar a la egipcia no habÃa dejado en su conciencia una sola idea sana, un solo pensamiento en pie. Su razón estaba postrada, casi destruida por completo. Solo aparecÃan dos imágenes nÃtidas en su mente: Esmeralda y la horca. El resto era oscuridad. Aquellas dos imágenes juntas le presentaban un grupo espantoso, y cuanto más centraba en ellas la atención y el pensamiento que le quedaba, más las veÃa crecer, según una progresión fantástica, una en gracia, en encanto, en belleza, en luz, y la otra en horror, de suerte que al final Esmeralda se le aparecÃa como una estrella y la horca como un enorme brazo descarnado.
Una cosa digna de mención es que durante toda aquella tortura no se le ocurrió en serio la idea de morir. Asà era el miserable. Se aferraba a la vida. Quizá veÃa realmente el infierno detrás.