Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Entre tanto, el día continuaba declinando. El ser vivo que aún existía en él pensó confusamente en la vuelta. Creía que se encontraba lejos de París; pero, cuando se orientó, se dio cuenta de que no había hecho sino rodear el recinto de la Universidad. La flecha de Saint-Sulpice y las tres altas agujas de Saint-Germain-des-Prés se alzaban en el horizonte a su derecha. Se dirigió hacia ese lado. Cuando oyó el quién vive de los soldados del abad alrededor de la circunvalación almenada de Saint-Germain, se desvió, tomó un sendero que se abría ante él entre el molino de la abadía y la leprosería del burgo, y al cabo de unos instantes se encontró en la linde del Pré-aux-Clercs. Este prado era célebre por los tumultos que se organizaban allí día y noche; era la «hidra» de los pobres monjes de Saint-Germain, quod monachis Sancti-Germani pratensis hydra fuit, clericis nova semper dissidiorum capita suscitantibus.[124] El arcediano temió encontrarse con alguien; tenía miedo de todo rostro humano. Acababa de evitar la Universidad y el burgo de Saint-Germain, quería adentrarse en las calles lo más tarde posible. Bordeó el Pré-aux-Clercs, tomó el sendero desierto que lo separaba del Dieu-Neuf, y llegó por fin al borde del agua. Allí, don Claude encontró a un barquero que, por unos pocos dineros parisienses, lo llevó por el Sena hasta la punta de la Cité y lo dejó en esa lengua de tierra abandonada donde el lector ya ha visto soñar a Gringoire y que se prolongaba más allá de los jardines del rey, paralelamente a la isla del Barquero de Vacas.