Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El sol se había puesto por detrás de la alta torre de Nesle. Era la hora del crepúsculo. El cielo estaba blanco, el agua del río estaba blanca. Entre aquellas dos blancuras, la orilla izquierda del Sena, en la que él tenía clavados los ojos, proyectaba su masa sombría y, cada vez más delgada por la perspectiva, se hundía en las brumas del horizonte como una flecha negra. Estaba abarrotada de casas de las que solo se distinguía su silueta oscura, vivamente realzada en tinieblas sobre el fondo claro del cielo y del agua. Algunas ventanas empezaban a titilar como brasas. Aquel inmenso obelisco negro, aislado así entre las dos capas blancas del cielo y el río, muy ancho en aquel lugar, produjo en don Claude un efecto singular, comparable a lo que sentiría un hombre que, tumbado boca arriba en el suelo al pie del campanario de Estrasburgo, contemplara cómo se hunde la enorme aguja, por encima de su cabeza, en las penumbras del crepúsculo. Con la diferencia de que en este caso era Claude quien estaba de pie y el obelisco el que estaba tumbado; pero, como el río, al reflejar el cielo, prolongaba el abismo por debajo de él, el inmenso promontorio parecía tan audazmente lanzado hacia el vacío como toda flecha de catedral, y la impresión era la misma. Esta impresión tenía incluso algo extraño y más profundo, y es que se trataba del campanario de Estrasburgo, pero el campanario de Estrasburgo con una altura de dos leguas, algo inaudito, gigantesco, inconmensurable, un edificio jamás visto por ningún ojo humano, una torre de Babel. Las chimeneas de las casas, las almenas de las murallas, los frontones tallados de los tejados, la flecha de los Agustinos, la torre de Nesle, todos aquellos salientes que mellaban el perfil del colosal obelisco incrementaban la ilusión, transformando extrañamente a la vista sus líneas, de una escultura complicada y fantástica.