Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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En el estado alucinatorio en que se encontraba, Claude creyó ver, ver con sus ojos de verdad, el campanario del infierno; las mil luces esparcidas por toda la altura de la espantosa torre le parecieron bocas del inmenso horno interior; las voces y los rumores que escapaban de ellas, gritos y estertores. Entonces tuvo miedo, se tapó las orejas con las manos para no oírlos, dio media vuelta para no seguir viendo y se alejó a toda prisa de la horrible visión.

Pero la visión estaba en él.

Cuando se adentró en las calles, los transeúntes que pasaban a la luz de los escaparates de las tiendas le producían la sensación de un eterno ir y venir de espectros a su alrededor. Fuertes y extraños ruidos retumbaban en sus oídos. Fantasías extraordinarias le turbaban la mente. No veía ni las casas, ni el empedrado, ni los carros, ni a los hombres y las mujeres, sino un caos de objetos indeterminados que se fundían por los bordes unos en otros. En la esquina de la calle Barillerie, había una tienda de comestibles cuyo tejadillo estaba adornado en todo su contorno, según la costumbre inmemorial, con esos cercos de hojalata de los que cuelgan bastoncitos de madera que entrechocan al ser movidos por el viento y suenan como castañuelas. Él creyó oír entrechocar en la oscuridad el pelotón de esqueletos de Montfaucon.


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