Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs En el instante en que llegó, jadeante, a la plaza del Atrio, retrocedió, sin atreverse a levantar la vista hacia el funesto edificio.
—¡Oh! —dijo en voz baja—, ¿es realmente cierto que tal cosa ha sucedido aquÃ, hoy, esta misma mañana?
Finalmente se decidió a mirar la iglesia. La fachada estaba oscura. Detrás de ella brillaban las estrellas en el cielo. La media luna, que acababa de despegarse del horizonte, se hallaba detenida en aquel momento en la cima de la torre derecha y parecÃa haberse colgado, como un pájaro luminoso, en el borde de la balaustrada recortada en tréboles negros.
La puerta del claustro estaba cerrada. Pero el arcediano llevaba siempre encima la llave de la torre donde estaba su laboratorio. La utilizó para entrar en la iglesia.