Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Cuernos, vacÃa ya! ¡Y no me queda dinero! Isabeau, amiga mÃa, no estaré contento con Júpiter hasta que no haya convertido tus dos pechos blancos en dos negras botellas de las que mamaré vino de Beaune dÃa y noche.
Esta broma hizo reÃr a la mujer de vida alegre y Jehan salió.
Don Claude tuvo el tiempo justo de echarse al suelo para no ser visto, mirado a la cara y reconocido por su hermano. Afortunadamente la calle estaba oscura, y el estudiante, borracho. Aun asÃ, vio al arcediano tumbado en el suelo entre el fango.
—¡Oh, oh! Aquà hay uno que hoy se ha corrido una buena juerga.
Empujó con el pie a don Claude, que contenÃa la respiración.
—Borracho perdido —prosiguió Jehan—. Está a rebosar. Una auténtica sanguijuela despegada de un tonel… Está calvo —añadió, agachándose—. ¡Es un viejo! Fortunate senex.[125]
Don Claude lo oyó alejarse diciendo:
—Da igual, la razón es una bella cosa, y mi hermano el arcediano es muy afortunado por ser juicioso y tener dinero.
El arcediano, entonces, se levantó y corrió sin parar hacia Notre-Dame, cuyas enormes torres veÃa surgir en la oscuridad por encima de las casas.