Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Encontró en la iglesia una oscuridad y un silencio de caverna, aunque distinguió que las colgaduras de la ceremonia de la mañana no habían sido retiradas. La gran cruz de plata refulgía al fondo de las tinieblas, salpicada de algunos puntos centelleantes, como la vía láctea de aquella noche sepulcral. Las largas ventanas del coro mostraban por encima de las colgaduras negras el extremo superior de sus ojivas, cuyas vidrieras, atravesadas por un rayo de luna, solo tenían los colores dudosos de la noche, una especie de violeta, de blanco y de azul cuyo tono solo se ve en la cara de los muertos. El arcediano, al ver alrededor del coro esas lívidas puntas de las ojivas, creyó ver mitras de obispos condenados. Cerró los ojos y, cuando los abrió de nuevo, creyó que era un círculo de caras pálidas que lo miraban.
Echó a correr a través de la iglesia. Entonces le pareció que también la iglesia se ponía en movimiento, se animaba, cobraba vida, que cada columna se convertía en una enorme pata que golpeaba el suelo con su ancha espátula de piedra y que la gigantesca catedral era una especie de elefante prodigioso que resoplaba y andaba con los pilares a modo de patas, las dos torres a modo de trompas y el inmenso paño negro a modo de gualdrapa.
La fiebre, o la locura, había alcanzado tal grado de intensidad que el mundo exterior ya no era para el infortunado sino una especie de apocalipsis visible, palpable, horrendo.