Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París De pronto, una ráfaga de viento apagó la lámpara y casi al mismo tiempo vio aparecer, en el lado opuesto de la torre, una sombra, una mancha blanca, una forma, una mujer. Se estremeció. Al lado de esa mujer había una cabrita que unía su balido a la última campanada del reloj.
Tuvo fuerzas para mirarla. Era ella.
Estaba pálida, estaba tenebrosa. Los cabellos le caían sobre los hombros como por la mañana, pero no llevaba la soga al cuello ni las manos atadas. Estaba libre, estaba muerta.
Iba vestida de blanco y llevaba un velo blanco en la cabeza.
Iba hacia él, lentamente, mirando el cielo. La cabra sobrenatural la seguía. El arcediano se sentía de piedra y demasiado pesado para huir. Cada vez que ella daba un paso hacia delante, él se limitaba a dar uno hacia atrás. Así volvió a meterse bajo la bóveda oscura de la escalera. Estaba helado de pensar que quizá ella entrara también allí; si lo hubiera hecho, habría muerto de terror.
Ella llegó, en efecto, ante la puerta de la escalera, se detuvo unos instantes, miró fijamente la oscuridad, pero sin que pareciera ver al sacerdote, y siguió. Le pareció más alta que cuando vivía, vio la luna a través de su vestido blanco, oyó su respiración.