Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Subió lentamente la escalera de las torres, dominado por un secreto terror que la misteriosa luz de la lámpara, subiendo tan tarde de aspillera en aspillera hasta lo alto del campanario, debía de propagar hasta los escasos transeúntes de la plaza del Atrio.

De pronto sintió fresco en la cara y se encontró bajo la puerta de la galería más alta. El aire era frío; por el cielo se desplazaban grandes nubes blancas que se agolpaban unas sobre otras aplastándose los extremos y producían el efecto del deshielo de un río en invierno. La media luna, embarrancada en medio de las nubes, parecía un barco celeste atrapado entre aquellos pedazos de hielo del aire.

Bajó la vista y contempló un instante, entre la reja de columnillas que une las dos torres, a lo lejos, a través de un velo de brumas y de humo, la multitud silenciosa de los tejados de París, afilados, innumerables, apiñados y pequeños como las olas de un mar tranquilo en una noche de verano.

La luna lanzaba un débil rayo que daba al cielo y a la tierra una tonalidad cenicienta.

En aquel momento el reloj alzó su voz aguda y cascada para anunciar la medianoche. El sacerdote pensó en el mediodía. Eran las doce de nuevo.

—¡Oh! —dijo en voz muy baja—. ¡Ya debe de estar fría!


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