Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Emocionada, levantó la cabeza para responderle, pero ya había desaparecido. Se encontró sola, pensando en las palabras singulares de aquel ser casi monstruoso e impresionada por el sonido de su voz, muy ronca y a la vez muy dulce.

Después examinó la celda. Era un cuarto de unos seis pies cuadrados, con una pequeña lucera y una puerta en el plano ligeramente inclinado del tejado de piedras lisas. Varios caños rematados con figuras de animales parecían inclinarse a su alrededor y estirar el cuello para verla por la lucera. En el borde del tejado, veía la parte alta de cientos de chimeneas que hacían subir ante sus ojos el humo de todos los fogones de París. Triste espectáculo para la pobre egipcia, niña abandonada, condenada a muerte, desdichada criatura, sin patria, sin familia, sin hogar.

Justo cuando el pensamiento de su soledad se le presentaba así, más angustioso que nunca, notó que una cabeza peluda y barbuda se deslizaba entre sus manos, sobre sus rodillas. Temblando —todo la asustaba ahora—, se decidió a mirar. Era la pobre cabra, la ágil Djali, que había escapado en el momento en que Quasimodo había dispersado a la brigada de Charmolue y que se deshacía en caricias a sus pies desde hacía más de una hora, sin conseguir ni una mirada. La egipcia la cubrió de besos.

—¡Oh, Djali! —decía—. ¡Cómo te he olvidado! ¿Todavía piensas en mí? ¡Tú no eres ingrata!


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