Nuestra Señora de París

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Ella se apresuró a vestirse. Era un vestido blanco y un velo blanco también. Un hábito de novicia del Hôtel-Dieu.

Casi no había terminado cuando vio regresar a Quasimodo. Llevaba una cesta bajo un brazo y un colchón bajo el otro. En la cesta había una botella, pan y algunas provisiones. Dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Comed.

Acto seguido extendió el colchón sobre el suelo y dijo:

—Dormid.

Era su propia comida, era su propio colchón lo que el campanero había ido a buscar.

La egipcia alzó los ojos hacia él para darle las gracias, pero no pudo articular una sola palabra. El pobre diablo era realmente horrible. Ella bajó la cabeza con un estremecimiento de miedo.

Entonces él le dijo:

—Os doy miedo. Soy muy feo, ¿verdad? No me miréis. Solo escuchadme. Durante el día, os quedaréis aquí; por la noche, podéis pasear por toda la iglesia. Pero no salgáis de la iglesia ni de día ni de noche. Sería vuestra perdición. Os matarían y yo moriría.


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