Nuestra Señora de París

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Pero cuando el campanero, jadeante y con el pelo revuelto, la hubo dejado en la celda del refugio, cuando notó que sus grandes manos desataban con cuidado la cuerda que le magullaba los brazos, sintió esa especie de sacudida que despierta sobresaltados a los pasajeros de una nave que ha encallado en medio de una noche oscura. Sus pensamientos despertaron también y los recuperó uno a uno. Vio que estaba en Notre-Dame, recordó que había sido arrebatada de las manos del verdugo, que Phoebus estaba vivo, que Phoebus ya no la amaba; y estas dos ideas, una de las cuales invadía de tanta amargura la otra, se presentaban juntas ante la pobre condenada. Esta se volvió hacia Quasimodo, que permanecía de pie ante ella y cuyo aspecto le daba miedo.

—¿Por qué me habéis salvado?

Él la miró con ansiedad, como intentando adivinar lo que le decía. Ella repitió la pregunta. Quasimodo le dirigió entonces una mirada profundamente triste y huyó.

Esmeralda se quedó atónita.

Al cabo de un momento, volvió con un paquete y lo dejó a sus pies. Era ropa que unas mujeres caritativas habían dejado para ella en el umbral de la iglesia. Esmeralda se miró y, al verse casi desnuda, se sonrojó. Estaba volviendo a la vida.

Quasimodo pareció sentir algo de ese pudor. Se tapó la vista con una de sus anchas manos y se alejó de nuevo, pero despacio.


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