Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París A la mañana siguiente se dio cuenta, al despertar, de que se había quedado dormida. Esta circunstancia singular la sorprendió. ¡Hacía tanto tiempo que había perdido el sueño! Un alegre rayo de sol naciente entraba por la lucera y le daba en la cara. Al mismo tiempo que el sol, vio en la lucera una cosa que la asustó: la horrenda cara de Quasimodo. Involuntariamente, cerró los ojos, pero en vano; creía seguir viendo a través de sus párpados rosados aquella máscara de gnomo, tuerto y mellado. Seguía teniendo los ojos cerrados cuando oyó una ruda voz que le decía con gran dulzura:
—No tengáis miedo. Soy vuestro amigo. Había venido a veros dormir. No os molesta que venga a veros dormir, ¿verdad? ¿Qué más os da que esté yo aquí cuando tenéis los ojos cerrados? Ahora me voy. Ya me he escondido detrás de la pared. Podéis abrir los ojos.
Había algo más lastimero aún que aquellas palabras, y era el tono en que las pronunciaba. La egipcia, conmovida, abrió los ojos. Ya no estaba en la lucera, en efecto. Fue hasta allí y vio al pobre jorobado acurrucado en una esquina de la pared, en una actitud dolorosa y resignada. Hizo un esfuerzo para superar la repugnancia que le inspiraba y le dijo en voz baja: